12 mayo 2010

El amor, visto de esa manera.



Mmmmm... tal como me dijo: gafas con montura de concha, gabardina, gorra de propaganda de abonos "Rustiflor" y una flor de jacaranda en la solapa. Debe ser él.

-¡ Hola ! ¡Soy Angiosperma Monocotiledónea!

- ¿Perdone? ¿Angiosperma Monocotiledónea? Qué curioso, yo espero a una persona llamada Gimnosperma Dicotiledónea.

-Oh vaya lo siento, le he confundido. Yo había quedado con un señor cuyo nombre es Pistilo del Pétalo.

-¡Aivá qué casualidad! Yo me llamo Estilo del Sépalo.

-Jo, pues que cosa. Es que me dijo que iba a venir vestido pues así como va usted, gafas con montura de concha, gabardina, gorra de abonos "Rustiflor" y una flor de jacaranda en la solapa.

-Bueno, si se fija bien, las gafas son de montura de carey, esto que llevo es un gabán, la gorra es de semillas "Agriflor", y la flor de la solapa es un dondiego.

- Orggggg, qué verguenza, mi miopía me ha traicionado. Va a pensar que soy una osada y una coqueta por ir circulando así sin mis gafas.

-Bueno señorita, no se crea, yo también me había fijado en usted. Mi hipermetropía me ha permitido percibir a gran distancia que usted curiosamente va vestida tal como la señorita Gimnosperma me comentó que iría, de hecho pensé que usted era ella: chándal de dibujitos, orejeras para el frío, y un gorro de pelo de oso de esos voluminosos. Por ese mismo defecto óptico, aún con estas gafas y así tan cercana, contradictoriamente la veo toda borrosa.

Grrrrrrrr....me estoy mosqueando un poco, pero no puede evitar sentirme atraída por él. La gorra y las gafas le dan un aire campestremente cosmopolita a la par que seductor. Creo que debió ver de lejos a la auténtica Gimnosperma, y ahora está un poco liado por su problema visual con las distancias cortas, y confunde mi atuendo y mi porte con los de ella: este carísimo mono estampado de Chanel con un chándal de dibujitos, mis orejitas un poco grandotas pero muy atractivas con unas orejeras, y mi cardado o mi cabeza toda ella en conjunto -reconozco que soy un poco cabezona-, con eso del gorro de pelo de oso. Bueno, se lo perdono. Es tan....mmmmmm... no sé. Le voy a echar un poco de cara al asunto...

-Bueno, señor Estilo del Sépalo, la señorita Gimnosperma, ¿es su novia?

-No, no, no, si no la conozco de nada, he quedado con ella por un sistema de citas anónimas por internet: uve doble, uve doble, uve doble, punto, Nomecomounrosconidecasualidad punto com.

-¡Anda! Igual que yo con el señor Pistilo del Pétalo.

-Qué peculiar es todo señorita Angiosperma, pero me parece muy divertido. Podríamos ir los cuatro a tomar algo.

-¿Usted ha visto qué hora es? Esta gente seguro que no viene. Nos han dejado plantados; claro, con estos nombres tan botánicos, pues eso plantados, je, je, je. Oiga, ¿y si nos vamos los dos así como en plan "todo va según lo previsto"? Creo que hemos intimado lo suficiente para ello. En el fondo ambos habíamos quedado a ciegas con unos desconocidos. Yo con un tío con una gorra publicitaria de productos fitosanitarios, y en fin, aquí estoy con un desconocido, y es más o menos lo que esperaba.

-Y yo me había citado con una extraña con orejeras y gorro de piel de oso, ja, ja, ja, pero me parece usted bastante más simpática de lo que preveía.

-Bueno, por la buena marcha de esta...no sé cómo llamarla ¿no-cita?, tengo que comunicarle que su hipermetropía le hacer ver las cosas de forma un tanto distinta a la realidad. Sí, soy una extraña para usted, pero espero no resultarle serlo en el sentido estético del término. Hágase la idea de que lo que lo que le parece que porto como complementos para el frío, en la cabeza y en los pabellones auriculares, no son prendas de vestir, son elementos anatómicos originales de mi cuerpo, que quiero mucho y me parecen adorables. En mi descargo tengo que decir que tampoco es para tanto, que ni mi cabeza ni mis orejas son tan grandes, y que usted indudablemente no ve de cerca ni un carajo. Y no llevo un chándal con monigotes pintarrajeados, es un mono estampado de Chanel que me ha costado un huevo.

-¡¡¡¡ Oooh señorita Angiosperma !!!! No sabe cuánto lo siento. Perdóneme si la he ofendido. Pérmitame que la tome del brazo y vayamos a un restaurante próximo a cenar.

-Le perdono tontín. No nos andemos por las ramas. Aquí tiene mi brazo. Por favor, llámeme "Angie" como la canción de los Rolling Stones. Y......¿a qué se dedica usted Sr Estilo?

-Tengo una tienda de bombillas: "El Imperio del Amperio".

-¡Pues se va usted a quedar de piedra con las coincidencias mentales! Yo regento un tablao flamenco que se llama ¡"El Emporio del Camborio"!

-¡Cáspita "Angie"! ¡Estamos hechos el uno para el otro!

-¡Indudablemente de aquí va a salir algo serio! Ténemos muchas cosas en común: somos desconocidos, los dos hablamos español, nos bautizaron de una forma muy floral acorde con nuestros apellidos, tenemos problemas refractivos, y somos empresarios emprendedores. Usted vende cosas que funcionan con electricidad, y yo tengo un baile eléctrico. Además hemos utilizado la misma figura literaria -el homioteleuton o similidesinencia- para embellecer el nombre de nuestros negocios. ¡Casémonos de inmediato!

Angiosperma Monocotiledónea y Estilo del Sepalo, corrieron al juzgado de guardia.
Su Señoría admitió hacer una excepción y casarlos de urgencia, tras oír la argumentación de Angiesperma; le impresionó tal cúmulo de casualidades, y aunque no estaba de acuerdo con lo de la figura literaria -él pensaba que si el recurso utilizado hubiera sido la aliteración o el polisíndeton hubiera estaba más justificada la emergencia del casamiento-, decidió unirlos en matrimonio, y sentó jurisprudencia.

Fueron muy felices y tuvieron muchos hijos: los septillizos Azucena, Margarita , Flor, Jazmín, Narciso, Jacinto, y Violeta; posteriormente tuvieron a los gemelitos Alcachofa y Alcaucil, y después finalmente al pequeño Tomate del Pepino, al que cariñosamente llamaban "Gazpacho", y que la verdad, era un niño muy salado, pero se repetía mucho.



19 febrero 2010

Los aperitivos salados y sus posibilidades gustativas.




No lo puedo resistir. Me como una humilde papa frita, un sofisticado "3-D", o cualquier aperitivo salado de ese estilo, y me sale el "papafritólogo" que llevo dentro, y mira que me da coraje, porque me pongo muy cursi. La verdad es que no nací así. Me volví papafritólogo luego, y es un coñazo, porque es una cosa que te entra sola. Creo que pudo estar motivado por la desproporcionada cantidad de bolsas de "Triskys" que ingerí durante mis años estudiantiles y las poco higiénicas condiciones en que lo hice. Ya no puedo comer las patatas fritas y similares sin una rutina previa cuasi litúrgica, y sin analizarlas gustativamente. Por ejemplo, ¿cómo me como yo unos "Chaskys Facundo". Pues bueno, en vez de hacerlo introduciendo la mano en la bolsa hasta el codo, manchándome de mijitas de maíz y de aceite la manga del chaleco, y metiéndomelos en las fauces como el monstruo de las galletas, cojo el envase por su base, sin presionarlo para no estrujar y romper su frágil contenido. Lo abro por su parte superior con un escalpelo, vierto el contenido en un plato de cerámica natural, desde una altura apropiada para que el oxígeno de la atmósfera se ionice al roce de los salados fragmentos comestibles mientras caen en cascada sobre la superficie de porcelana, y a la vez observo el color de las unidades que así se precipitan. Tengo detectados quince tonos cromáticos, que van del pajizo trigueño, al jamonero cascarrioso. Analizo el percusivo sonido que se produce al golpear los fritos cuscurritos sobre la brillante superficie de la loza, y comparo de memoria su melodía y las diferencias de intensidad y ritmo -teniendo en cuenta las condiciones atmosféricas actuales, que he anotado previamente en un cuadernillo tras consultar mi termómetro, mi barómetro, y mi higrómetro-, con otras cadenas de sonido que previamente memoricé en situaciónes meteorológicas distintas. Con una pinza quirúrgica estéril, cojo un "Chasky Facundo" y me lo meto en la boca, y en vez de pensar "Chaskys Facundo los mejores del mundo" y pegarle medio mordisco canino y tragármelo casi entero como Dios manda, empiezo por masticarlo delicada y repetitivamente con los incisivos, fraccionándolo en pequeñas lasquitas, procurando no paladearlo aún, para lo cuál retraigo la punta de la lengua hacia atrás de forma que casi me toque la campanilla, pues de momento no quiero saborearlo, sólo estoy comprobando su grado de dureza en la escala de Mohs (por lo general suelen estar de duros una cosa así como entre el talco y el yeso; nunca he encontrado un Chasky que se aproxime a la calcita). Escupo el contenido en una bacinilla de acero inoxidable que tengo a tal efecto en la cocina, y que cuando salgo a la calle de tapas y eso, me la llevo por ahí y la pongo en el suelo de los bares y restaurantes, lo que está estropeando bastante mi vida en sociedad, porque mis amistades se avergüenzan de mí cuando empiezo a hacer cosas raras con la lengua y a escupir en público, hablando del talco, el yeso, el corindón, y el diamante. Tras expulsar los cachitos que han sobrevivido al proceso del triturado dental, ingiero 150 cc de agua destilada, sin sales minerales, y hago unas gárgaras para que la cavidad oral esté limpia y preparada para el siguiente paso. Con otro juego de pinzas estériles, me sitúo un Chasky sobre el tercio anterior de la superficie lingual, y sin masticarlo y haciendo equilibrios para que no se caiga, procuro protuir la lengua hacia afuera en dirección hacia la punta de la nariz, durante cuatro minutos, arrimando el objeto de análisis tanto como puedo hacia el apéndice olfatorio, para percibir su aroma, mientras inclino un poco la cabeza hacia la derecha, y en la comisura lingual de ese lado me coloco una cinta de papel absorbente centimetrada, y mido la cantidad de saliva que se produce en esas estimulatorias circuntancias gustativas. Ni que decir tiene que esta parte del proceso de cata del aperitivo no la hago nunca en público, por los consabidos prejuicios sobre el comportamiento socialmente aceptable. Durante esos cuatro minutos, analizo el aroma, luego mido la saliva producida, la anoto, escupo el Chasky, hago unas gárgaras para preparar otra vez la boca, y finalmente con las manos desnudas, ya sin pinza, me llevo a la boca un gran puñado de unidades de aperitivo, y las mastico y me las trago, y reflexiono sobre el gusto, el paladar, y el retrogusto. Como todo el mundo sabe, estos productos están diseñados para ser comidos con las manos no con cubiertos ni otros elementos instrumentales, y dependiendo del ph de la piel, de si es de tipo graso, seco o mixto, y de la higiene de cada cuál, los productos adquieren un saborcillo único en contacto con nuestra epidermis, y a su vez nuestros dedos se convierten en saladas golosinas potencialmente chupables si nuestro dintel de inhibición o desinhibición social nos da permiso para ello. En cuanto a aromas, distingo seis: "fritanga", "fritura", "cochifrito", "pescao frito","floral", y "maderas nobles". Todavía no he encontrado ningún Chasky con "aroma floral" o a "maderas nobles", por lo que creo que voy a reelaborar esta clasificación aromática. Sobre gustos, no hay nada escrito, y me dejo llevar por lo primero que se me ocurre: por ejemplo "gusto a pinchito moruno reseco", "gusto a calamar frito a 370ºC", "gustillo a eructillo de patata frita de plato combinado de bar", "sabor a restitos de freidora recién pescados con la espumadera". El paladar lo limito a "salado", "rancio", y "manido". Sólo es apreciable el "salado". "Rancio" y "manido" puntúan de forma negativa. El retrogusto va más con la evocación de experiencias sensoriales pasadas, asociadas a otras catas de aperitivos fritos salados, conectando percepciones sobre productos, marcas y temporadas: "mmmmm...este Chasky Facundo tiene retrogusto como a Trisky del 92... o mas bien diría patatilla frita ondulada Hacendado gran aniversario Mercadona del 2002". Independientemente de lo anterior, tengo que advertir que hay que tener mucho cuidado con los regalitos, "gadgets" y pegatinas que se suelen introducir en las bolsitas de estos manjares, pues inadvertidamente podemos masticarlos y tragarlos, artefactando nuestra apreciación organoléptica del producto objeto de la cata papafritóloga. Yo mismo, que soy un experto, más de una vez me he tragado un "Tazo", o una pegatina de los "Digimon", y erróneamente he juzgado el sabor de un aperitivo como "gusto a pegamento Imedio sobre base de polivinilo de cloruro". En fin, si algún día se vuelven papafritólogos, no se alarmen, hagan como Spiderman, pongan su habilidad al servicio de la humanidad, y tengan cuidado ahí fuera, cada vez ponen regalos más raros e inmasticables en las bolsas de papas fritas.

 
Clicky Web Analytics